Ella se pintó para él. Afuera la noche caía densa sobre la ciudad y los primeros fríos del otoño se empezaban a sentir. Mirándose al espejo imaginó en su cabeza todo lo que deseaba que pasara esa noche, pero quiso dejar de hacerlo, por miedo a que nada de eso ocurriera. Se vistió solamente para que él deseara desvestirla. El sabor de lo prohibido la excitaba, e imaginar las manos de él sobre su cuerpo lo hacía aún más. Se reunieron en la esquina de los ruidos, ahí donde cantaban la mala y el chico de las canciones de amor. Bastaba verlo para que ella no necesitara nada más, pero sabía que las cosas no funcionaban de ese modo.Tomaron un vino como tanto les gustaba, y entre copas y besos hicieron el amor. Sus piernas entrelazadas, sus alientos unidos. Amaba lastimarlo y curarlo con su saliva, le encantaba disfrazarse de puta para él. Amó rasguñarlo y morderlo fuerte. Se lo merecía. Y a él le gustaba.
Después se levantó, se miró en el espejo del baño y se vio hermosa: su piel estaba blanca, sus labios rojos como se ponían luego de un orgasmo. Y esperaba todos los viernes ese momento, en el que a nadie le importaba si ellos estaban juntos, y en el que sabía que él estaría esperándola.
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